lunes, 14 de diciembre de 2015

Tocando fondo: apuntes para una elegía
Por Moisés Mayán* 
En mi pesquero favorito pasta un buey. Sobre el buey hay una garza que se entretiene rebuscando ácaros en el pelaje tostado del rumiante. Antes estaba la orilla congestionada de guajacones y la garza se paseaba entre las piedras redondas como cráneos utilizando su largo pico a manera de pinzas. Unos veinte metros hacia el centro del embalse, donde los cardúmenes de clarias estremecían con sus barbas la superficie, y alguna tenca mostraba al sol sus reflejos plateados, ahora crece un auténtico bosque de marabú. El bar La Patana, por primera vez desde su ubicación inicial, se encuentra ahora encallado en terrones de lodo reseco. El club náutico, donde mis hijas pedaleaban incesantemente en las bicicletas acuáticas, mientras los jóvenes remeros cortaban el agua en sus kayaks, es apenas un recuerdo camuflado entre los abrojales.
Con desgana, el cauce del río marca el sitio donde antes estuvo el embalse, y los pescadores deportivos se desplazaban en sus neumáticos disfrutando la picada de la tilapia de mancha. Otros, desde la orilla, con largas varas de bambú dejaban caer la calandraca en los nidos de las tilapias albinas, "las pombas" como les llamamos todavía con nostalgia. A unos escasos kilómetros de la ciudad, a la distancia de un pedaleo no demasiado fatigante, el embalse (comprendido en una zona recreativa donde además se localizan un parque de diversiones, varios restaurantes y el jardín botánico provincial), representaba la oportunidad de materializar una jornada de pesca memorable.
Fue allí, en aquel espejo de aguas quietas donde pesqué largas ensartas de biajacas, y capturé las dos primeras amuras de mi vida. Las reiteradas sequías que se desencadenan año tras año sobre la región oriental del país, alcanzaron en el 2015 un clímax que disparó las alarmas, no solo de las autoridades y organismos implicados en garantizar el abasto de agua a la población, sino también en los resortes interiores de esos seres invisibles que son sin dudas los pescadores deportivos. El problema de mayor gravedad no radica en la disminución abrumadora del volumen de líquido de nuestros embalses, y en el desecamiento total de un número no calculado de micropresas enclavadas en zonas agrícolas; el núcleo del asunto se asienta en otra secuela no menos desafortunada.
La reducción drástica de los niveles de agua provoca, como resulta lógico, una concentración de las especies que habitan en los embalses, hecho que trae aparejado la captura indiscriminada, valiéndose en la gran mayoría de las ocasiones de artes de pesca masiva. La proliferación de atarrayeros y el calado de grandes redes en espacios muy reducidos de agua, donde los peces quedan indefensos, se suma a un control casi inexistente por parte de los inspectores que antaño regulaban las actividades pesqueras ejecutadas en los embalses.
Para colmo de males, en por lo menos tres casos (me refiero a los embalses Santa Clara, Cacoyugüín y Mayabe, todos de la provincia Holguín) las cooperativas pesqueras aprovecharon el caos originado por la carencia de precipitaciones para establecerse durante varios días en los embalses empleando redes de arrastre. De más está decir, que miles de ejemplares de tallas no comerciales fueron arrancados de sus hábitats pereciendo en los bolsos de los chinchorros. Si sumamos a estas verdades incontestables, la no sistematicidad en la siembra de alevines, sobre todo de tilapias, una de las especies más codiciadas por los pescadores deportivos, la situación se convierte en desesperada.
La pregunta en cuestión es: ¿cuánto demora un embalse en recuperar las especies después del azote de la sequía y de las artes de pesca masiva? ¿5 años? ¿10? ¿20? ¿Nunca? La pérdida permanente de especies como la trucha, la biajaca las guabinas, o las carpas (espejo y común) en muchas de nuestras reservas hídricas es una muestra irrefutable de esta dolorosa realidad. Si hace cinco décadas mi abuelo atrapó langostinos y joturos en el ahora pestilente arroyo donde solo navegan manchas de petróleo y cáscaras de plátano, ¿qué pueden esperar mis nietos? Dirijo el lente de mi cámara al buey que sigue pastando silencioso, la garza advertida por nuestra proximidad levanta un vuelo torpe que roza las hirsutas ramas del marabú. Fue justo en este sitio donde sentí las convulsiones del pez, donde el sedal comenzó a tensarse, mientras una carpa  trataba de zafar el anzuelo contra las piedras del fondo, ese mismo fondo donde el buey insiste tercamente en arrancar su bocado de pasto.
 Las fotos fueron tomadas por el autor en el embalse Mayabe en el municipio Holguín.
*Moisés Mayans es un conocido poeta holguinero, con una destacada obra publicada; avanzando asimismo como ensayista y narrador. CUBANOS DE PESCA se honra en tenerlo entre sus colaboradores, como aficionado a la pesca y analista del tema en la región oriental cubana. 

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