miércoles, 11 de enero de 2012

La trucha: prólogo a una temporada incierta
Por Moisés Mayáns
Para Karel y Jose,
que me sugirieron este trabajo

Estábamos en pleno periodo especial y mi padre me dejaba en un islote de piedras a unos 500 metros de la orilla en el embalse Cacoyugüín, mientras él utilizaba un neumático de camión para dirigirse a los pesqueros habituales. Uno de los atractivos de la pesquería era confrontar las capturas al finalizar la jornada, y en mi ensartadera nunca faltaban las truchas, que si bien rara vez sobrepasan las 2 libras, tenían el mérito de haber sido cobradas por un niño de 10 años utilizando la calandraca como único cebo. Pero estas anécdotas pertenecen a un pasado que recordamos como nostalgia, no solo mi padre y yo, sino también los aficionados a la pesca de la trucha, esos que mientras preparan los avíos para la siguiente correría se llegan hasta mi casa pidiéndome que me convierta en su portavoz, que lance un S.O.S por la especie, que aporte mi grano de arena a la salvaguarda de la lobina negra boquigrande.
Con los descensos en las temperaturas durante los primeros días del mes de noviembre, y motivados por la mengua en la picada de la tilapia, los pescadores deportivos de las provincias orientales comenzaron a alistarse para el advenimiento de la temporada de la trucha: fundir y refundir carnadas, captura de mamporros o misos, compra de tarugos y cucharetas, obtención de carretes y varas más resistentes, unidos al siempre provechoso intercambio sobre embalses y pesqueros. A tales preparativos se añaden viajes exploratorios que han dejado un mal sabor de boca en la mayoría de los que pensaron degustar un buen filete de trucha. Lo cierto es que cada año la temporada comienza con más demora, (no ya en octubre, sino a mediados de diciembre) y acaba rápidamente, sin que todos los embalses donde se ha reportado presencia de la especie se sumen a la picada, con un volumen de capturas menor, y con tallas que en muchos de los casos no alcanzan las 2 libras. ¿A qué se debe la apreciable disminución de la trucha dentro de la ictiofauna que habita embalses, lagos y ríos de las provincias orientales? Mucho me temo, que en este trabajo no encontrará el lector una respuesta concluyente, ahora bien, me permitiré vadear, sacudir algunos macíos, remover un poco el sargazo, e introducir el pie forzado para esta problemática que mis amigos pescadores me han sugerido en más de una oportunidad.
Antes de urdir en las posibles causas de la escasez actual de truchas en las reservas acuícolas del oriente del país, creo necesario repasar someramente las últimas temporadas. A partir del 2007 dos embalses comenzaron a destacarse en lo referido a capturas, Juan Sáez y el conocido popularmente como La 18, en la provincia Las Tunas, a estos se unieron, en el 2008, Nipe, en Mayarí, la presa del municipio santiaguero de Mella, Playuelas y Salgacero, también de Las Tunas, y Cauto El Paso, en Granma. El redescubrimiento de los mencionados sitios por numerosos aficionados a la pesca de la trucha, dejaba ya totalmente fuera de sus horizontes, lugares que habían sido escenario tradicional en anteriores temporadas, como por ejemplo los embalses holguineros de Güirabo, Cacoyugüín y Santa Clara, este último portador de una de las más admirables picadas de todos los tiempos, con ejemplares que sobrepasaron las 10 libras.
De las presas referidas, Juan Sáez y La 18 han sido las más constantes en cuanto a picada durante el pasado lustro. Nipe tuvo su época en el 2008–2009, después de varios años omitida de la fiesta de la trucha, los ejemplares se concentraron mayormente en dos pesqueros, en las proximidades del dique y en el lugar nombrado El paso de la vaca, y con tallas que fluctuaban desde menos de los 25 centímetros hasta 9 libras, para el record extraoficial de la temporada, en poder del pescador deportivo Karel Mulet. Es necesario acotar que las truchas en Nipe no gozaban de buena salud, muchas presentaban parasitismo en la zona de la cabeza y la aleta caudal, y otras exhibían tumoraciones o pérdida de escamas. Cauto El Paso contó por la misma fecha con una picada de ejemplares que oscilaban entre las 3 y 5 libras, todos machos, y anzuelados también cerca del dique, lo que demostraba que preparaban la zona de apareamiento y desove. Playuelas y Salgacero contribuyeron a animar las más recientes temporadas, pero Juan Sáez y La 18 continuaban en la preferencia de los aficionados. Entre los señuelos utilizados se popularizaron los misos de colores lila, azul, azul con cola plateada, verde oscuro, y rojo, mientras el mamporro vivo aparecía cada vez con menos frecuencia entre los pescadores.
Cualquier pescador podrá dar fe de la veracidad de esta reseña, y los de más edad se percatarán de que las últimas temporadas constituyen un pálido reflejo de aquellas memorables aventuras de pesquería que amenazan con no volver a reeditarse nunca. Llegada la hora de sondear algunas de las causas de la disminución en la población de truchas, debemos partir de que la lobina negra como especie, no posee ninguna importancia comercial, y por lo tanto no se siembra, ni se protege apropiadamente. De modo que las truchas que aún permanecen nadando a contracorriente en nuestras reservas hidrográficas, conforman las florecillas del árbol genealógico que principiaron los 500 ejemplares introducidos en Cuba en 1927. Otro factor que define el área geográfica objeto de nuestro estudio, es sin dudas, la terrible sequía que azotó a las provincias orientales en los años 2002 y 2003, y que redujo considerablemente el volumen de líquido de la mayoría de los embalses del territorio, favoreciendo capturas indiscriminadas, sobre todo con la utilización de redes de arrastre; pero la escasez de precipitaciones ayudó también a concentrar las poblaciones de truchas en menos agua propiciando que incluso la pesca deportiva se convirtiera en una amenaza para la permanencia de la especie.
El parlamento antes enunciado, podría escandalizar a algunos pescadores, por tanto me permito citar un ejemplo del que fui partícipe en no pocas ocasiones. Cuando iniciaba la temporada en la presa conocida como La 18, viajábamos en días alternos alrededor de 30 pescadores con destino a esa reserva, era extraño que en el período de máxima picada, el camión no regresara con más de 100 truchas atadas a su barandilla trasera. Noten que 100 truchas entre 30 aficionados, promediaría aproximadamente a tres ejemplares por persona, de manera que si reconocemos que varias veces los pescadores más hábiles anzuelaban entre 10 y 15 piezas, posiblemente estemos hablando de 130 ó 140 truchas por viaje. Si a esto agregamos, que motivados por la picada, encontrábamos entre la maleza de la orilla 5 ó 6 camiones más, con sus respectivos pescadores, quizás estemos hablando —para ser muy conservadores— de un embalse que perdía entre 500 y 600 ejemplares diarios, que dicho sea de paso, estaban en edad y en temporada de reproducción, fenómeno fácilmente constatable por el predominio de huevadas entre las hembras capturadas. Resulta obvio que la normativa de los tres mayores ejemplares por pesquería no funciona en casos como este, donde además los pescadores se ven en la necesidad de sufragar el precio de la transportación, de los señuelos y anzuelos utilizados. Una libra de trucha, que goza el beneficio de ser un pescado que se vende con cabeza, ronda los 15 pesos, y como sabemos solo puede ser adquirida al comprarse directamente a los pescadores.
De cualquier modo, cada vez son menos los que se aventuran a una pesquería incierta; este año la presa del municipio Mella ha comenzado a aportar los primeros ejemplares, algunos cobrados con calandraca, pero los aficionados siguen prefiriendo la dócil tilapia. Aunque la trucha inició en el oriente cubano su tránsito hacia la desaparición, contradictoriamente contamos con el paraíso de la especie en Cuba, el sitio donde se han efectuado los últimos torneos nacionales, nos referimos a la laguna Leonero, en Granma. Leonero, revelación desde el campeonato de 1978, se ha convertido en el sueño dorado de todo pescador de truchas. No escapa tampoco a la seducción de la literatura, el poeta Delfín Prats (Holguín, 1945) dedica uno de sus más conocidos textos a este sistema de lagunas, nos dice, las aguas escapando hacia Leonero/ escapando hacia el mar, y en versos posteriores se adentra en el tema que nos subyuga cuando escribe “iremos en las vacaciones/ y yo te mostraré los lugares de pesca/ las compuertas cerradas/ y las aguas bajas/ las biajacas de a dos libras/ las truchas largas como machetes/ que solo pican con quimbolo/ o una lagartija atada/ o algo que baile”.
Quizás debamos buscar en Leonero las razones de la permanencia y proliferación de la lobina negra. Un sitio protegido donde están vigentes las regulaciones para la pesca deportiva, y donde además se aplican las medidas acordadas por la Federación Cubana de Pesca Deportiva durante las competiciones, los inspectores realizan un trabajo sistemático, y los ejemplares que no van al pesaje se devuelven al agua. Algunos pescadores tienen esperanzas de que el nuevo trasvase que comunicará a varios embalses de la región distribuya las truchas hacia hábitats más propicios como por ejemplo las presas de Gibara y El Colorado, con palazones que constituyen auténticos bosques sumergidos, y que posibilitarían la ansiada protección de la especie, manteniéndola a salvo de chinchorros y atarrayas. Mientras tanto, nosotros seguiremos esperando la picada.
*Las fotos pertenecen al Campeonato Nacional correspondiente al año 2009 efectuado en Leonero y son cortesía de Luis Enrique Rojas Naranjo (Iky) y Luis Enrique Felipe (Lili).

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