miércoles, 8 de febrero de 2012



BASS A MOSCA AL OESTE DE LA HABANA
Todavía queda un poco de trucha por nuestros embalses cerca de La Habana y a uno le inspira a ratos ensayar la cola de rata a ver qué pasa. Siempre que usted escuche a un cubano hablar de la pesquería de la trucha, entienda que nos referimos a la lobina negra boquigrande (Micropterus salmoides), que cuenta más de ocho décadas de residencia en las aguas de la mayor de las islas Antillas.
Cargamos el equipo más ligero que guardamos en casa. La caña es una TTerson, años atrás sorprendida en la tienda de una marina habanera por 16 dólares. Los carretes no son nada aterrador; en conjunto resulta un equipo bastante rodado, tal vez más propio para chicuelos o principiantes. Pero con ello se goza lo mejor del fly, que es balancear la línea a ver donde la distancia que alcanzamos esta vez, o si llega el tippet al pie de aquella palizada sin dejar la mosca en los ramajos, como saben los sabios. Así lo hicimos en las dos ocasiones que vale la pena contar, y que fueron, casualmente, competencias convocadas por el Club de Pesca de La Lisa, un municipio del lado oeste de la capital cubana donde se vive hasta que un dios disponga.
Hay dos formas de pescar a mosca en un embalse, al menos un embalse cubano. Puede usted ir al vadeo, si con suerte el embalse posee orillas que así lo permiten, porque es baja la profundidad y la vegetación cercana al borde terrestre le deja espacios libres y el agua no le cubre la gorra cuando ha logrado rebasarla. El otro modo, cómodo en verdad, es pescar en balsa aprovechando cada centímetro de costa y agradeciendo la misma palizada y la flotante malangueta que el orillero detesta. Hoy –el hoy de cada pesquería contada- somos vadeantes orilleros.
Hay un año y varios kilómetros de separación entre cada una de estas experiencias. Los primeros tiempos en que se usó el fly en áreas fluviales fueron de muy lento aprendizaje. Durante mucho tiempo la “cola de rata” era un serpenteante capricho propio para enredarse en ella, y en el peor de los casos recibir el golpe de una mosca o colocársela uno mismo de piercing –caso real- por falta de tino en la apreciación del viento. Superado en modesta medida la fase anterior, todavía hubo que dar con las moscas capaces de cosechar en estas aguas. Usando una adaptación de crazy charlie, para imitar las ninfas de libélula que acá abundan, se lograron tilapias y algún juvenil de lobina.
Un par de visitas al río Hatiguanico para ver pescar el sábalo dieron alguna noción del popper. Es un señuelo detestable para impulsar con equipo fly casting, pues su volumen obliga al pescador a esforzarse como si estuviera lanzando a través de una atmósfera de gelatina. Pero el popper trabaja y uno acaba por tomarle aprecio y le soporta su “pesadez” mientras el agua tersa lo mande. Así lo estábamos haciendo la mañana del 31 de enero de 2011 en la presa Los Palacios, en la provincia de Pinar del Río. Había perdido agua el embalse y a lo largo de su cortina de hormigón había aparecido una línea de tierra, en algunos sitios con hileras de arbustos dentro del agua.
Entre esa vegetación podía avanzarse con el agua hasta la cintura y se hallaban espacios despejados donde con cuidado podíamos hacer lances de una docena de metros y a veces más, colando con su poco de alarde la mosca entre dos hileras de aromas de tallos ralos, hoja fina y espinas dispuestas para el enredo. Con mucha calma y convicción se llevaba este plan, que la confianza es el mejor elemento para una pesca de éxito, cuando un borboteo ansioso salió detrás del pequeño popper verde que impulsábamos con una línea paralela amarilla. Es una línea corta, de solo 15 metros, que tenemos en un carrete Martin 63 y solo sale de la bolsa de avíos si hay viento o es un popper lo que deseamos lanzar, como era el caso.
En lo que esto les cuento ya había acortado la línea hasta el tramo de tiro, que es para un servidor unos seis a ocho metros. Recomenzado el balanceo y arriando línea, se colocó nuevamente el popper en zona de picada y, como no, ella había decidido lo mismo que nosotros: el popper verde era suyo. Primera picada del día en aquel sector de cortina, donde pescábamos dos o tres, los otros con spinning, y algún otro recreándose con vara criolla o una línea a mano. Alegre clavada, en fín, trucha a la bolsa y una libra y tres cuartos a la puntuación, para el primer lugar, créalo o no.
Suerte ha tenido usted, dirá alguno, de que escasee la trucha. Ya lo creo: otra pequeña picó y fue perdida. De haber más trucha, más picadas habríamos tenido.
Todo un año se pasó en lo mismo de siempre; lea los periódicos y se dará cuenta. El domingo 22 de enero de 2012, como es de calendario, fuimos a competir por la trucha, ahora en el embalse La Coronela. Producto de las elevaciones pequeñas que le circundan, las orillas de este embalse son en su mayor parte escarpadas, salvo del lado sur, donde se halla el campismo, que tiene una gran ensenada llamada El Copey que debe tener buena pesca. Pero no llegaremos hoy al Copey, porque el ómnibus contratado nos deja antes de amanecer en la orilla de la Autopista que sigue a Pinar del Río y se pierde en la neblina del alba en busca de otros pasajeros. Empezamos, pues, sobre la cortina. Alguno se monta en balsa, otros vamos de orilla.
De orilla vamos, para repetir lo que hicimos el año antes. Se trata de presentarse al pesaje siquiera con un pez, darle justificación a la pesca a mosca, si es que no está a la mano darle prestigio. El comienzo fue de popper, ya se sabía, tratando de poner un hula popper acá o acullá a ver si estaba en alguna charca la pichona del día. Pronto se acaba el tramo de dique que se dispuso para el comienzo y atravesamos monte con un amigo e busca de algunos recodos. Más distante, seguro mejor, piensa el pescador inquieto. Bordeando hacia el este, hay un puesto de venta de verduras junto a la carretera y tras éste un camino que desechamos.
Mejor meterse al monte, bajar junto a un sembrado de frijoles y entrar al agua por un claro entre los macíos. Cuando se llega al borde de las hojas erectas de la planta acuática, ya hay demasiada profundidad para mantenerse y poco espacio para que la línea se desplace en el aire en el lanzado. Unos tiros cortos y nada. Seguir adelante, por supuesto. Llega luego un tramo vadeable y se trabaja con calma.
El popper se cambia a otro modelo. Es un ejercicio incómodo, por la resistencia que hace al agua este señuelo, pero se confía en él. En compañero trabaja a spinning una lombriz y luego rapala. Nada.
Como la combinación no produce y el sol ya se refleja intenso en el agua, toca el turno de trabajo a un carrete Shakespeare (Graphite 2754) que carga una línea de punta hundida. El bajo de línea puede ahora usarse un poco más largo, para la nueva mosca. Es una imitación de mamporro, que hemos inventado con una larga y fina pluma de gallo; el mamporro es un pez anguiliforme que la trucha ha adoptado en el país como alimento natural. Para el montaje se ha usado un anzuelo del número 2, fino, y se ha lastrado ligeramente con una fina lámina de plomo oculta bajo un breve dubbing de chenille negro. Sobre la pluma, unos filamentos brillantes, para que destelle allá abajo. Se sigue adelante con este instrumento, cazando tramos despejados de ramas en la orilla para ejercer el backcast, cuando no estamos dentro del agua y aprovechamos para lanzar paralelo a la orilla por ambos lados.
El embalse La Coronela es la sede del canal de remos José Smith Comas, donde efectuaron unas hermosas regatas de remos, kayak y canoa cuando La Habana fue sede de los Juegos Panamericanos en 1991. Todavía se pueden ver deportistas realizando allí sus sesiones de práctica. Al final de la pista hay una vieja estructura de hormigón que forma una larga y estrecha plataforma sobre la cual seguramente colocan los días de torneo los números de carriles para guiar a los competidores. Mojándonos, subimos a la estructura. El amigo que nos acompaña cobra dos guabinas. Uno insiste, lanzando al frente y a lo largo de la plataforma con la mosca que a veces toca el fondo, gracias a la línea de punta hundida que lleva ahora el carrete. Doy unos pasos, lanzo, recobro, lanzo en otra posición, recobro, vuelvo a lanzar, recobro, me desplazo a un nuevo punto.
Cuando se acaba la franja hormigonada, vuelta atrás. Así, hasta la única picada del día. Truchita de unas diez o doce onzas a lo sumo, pero mayor de los 18 centímetros de la talla reglamentaria en competencia. Se guarda fresca en la bolsa de lino y se sigue, hora tras hora, con la esperanza en hallar un mejor pez. Al final no lo hubo, y se quedó en primer lugar de los pescadores de orilla con ese solo pez, igual que el otro año. Uno se alegra un poco, no crean, pero piensa qué sería si con este avío, usado con modesta habilidad, se alcanzara un embalse bien poblado. ¿Eh?

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