viernes, 1 de agosto de 2014



EL JARDÍN DE LAS TRUCHAS
A finales de marzo viajamos mi esposa y yo novecientos kilómetros en redondo, sólo por enterarnos de la historia cierta de las fabulosas pesquerías de trucha que años atrás hacían los aficionados en los embalses de la provincia de Ciego de Ávila. Desde que en 2010 apareció el libro sobre la historia y tradiciones de la pesca deportiva cubana, José Guillermo González Villa, uno de aquellos, se comunicó con el autor y cada año era reiterada una  invitación a visitarle en su casa del poblado azucarero de Violeta. Al hogar de Guille y Mery llegamos una media mañana de marzo para hablar de pesca, pero antes nos tomó todo un día despejar el encantamiento que provocaban los cientos de plantas que colmaban su patio, la casi centenaria casa de madera, y la propia población, podría decirse que armada, cual ordenada maqueta a escala natural, en torno a una fábrica de azúcar trasladada pieza a pieza en 1917 desde la antigua provincia de Las Villas.  
Graduado en un famoso colegio presbiteriano llamado “La Progresiva” en la ciudad de Cárdenas, provincia de Matanzas, José Guillermo fue bancario en La Habana, profesor de ajedrez en Violeta hasta su jubilación, pescador de truchas cada fin de semana del año ― imaginamos el guía de pesca que pudo ser, viviendo tan cerca de La Redonda  en los años de auge de la famosa laguna turística ― y, hoy día, muy reconocido jardinero junto a su esposa María Antonieta Espinosa, Mery. Docenas de entrevistas para la televisión y otros medios les han hecho, y es que ellos tienen un orgullo auténtico: 105 variedades de orquídeas, de un total de 160 plantadas, han florecido en su patio, primero que recibió la categoría de Excelencia Nacional, en el año 2003. En aquella selva delicada y fragante se han juntado sin riñas 500 variedades de plantas: helechos, tréboles, desmesurados platicerios, anturias y palmas...
Guille tiene en la  sala de la casa dos cuadros, uno es una trucha capturada por el pincel en pleno salto, el otro es un delicado paisaje silvestre con un impresionante trabajo en los reflejos de la superficie del agua. Tiene la firma de un pintor: W. Carballido, “que se hizo famoso con ese cuadro”, asegura el propietario de la obra.
―Ese es El Charcazo, el sitio donde me bañaba y pescaba desde niño. Allí cogí mis primeras truchas ― saca una foto, la coloca frente al cuadro: es idéntica. Solo un detalle se ha añadido y es el propio Guillermo quien lo descubre. ― Estos tres paticos huyuyos que están alzando el vuelo los mandé a poner ahí, aunque no aparecen en la foto, porque cada vez que yo llegaba a esa poza, ellos salían volando del otro lado. Lo dije al pintor y él los puso, ahí mismo es.
Hombre sin computadora ni internet, Guillermo guarda 35 álbumes fotográficos con admirables imágenes de cada ejemplar de su colección vegetal, identificadas las especies con sus nombres científicos. Pero también posee documentos relativos a su más antigua afición, notas y resúmenes de la actividad competitiva de los aficionados locales, fotografías, copias en video de programas de televisión. Un acta fechada el 27 de abril de 1980 reporta una pesquería celebrada en la presa Muñoz, con el resultado de 98 truchas entre 1 y 6 libras, capturadas por Guillermo desde una balsa de playa, con carrete a mano, pita de 30 libras de resistencia y mamporro artificial.  Lo más valioso, sin demeritar nada del resto, es un detallado registro de pesquerías de truchas, anotadas una a una, a lápiz, por el experto contador entre 1981 y 1990. El registro, además de la pesca propiamente dicha, incluye en sus primeros años datos que podrían ser interesantes para un examen antropológico de la afición a la pesca, como el transporte utilizado, el tiempo de traslado hacia el lugar de la pesca, quienes le acompañaban; si hacía o no gastos en las pesquerías y la cuantía del mismo. Y por supuesto: fecha, horas de pesca, captura, peso, y equipo empleado.

Año
Truchas
Pesquerías
Promedio
Mejor pesquería
Mayor ejemplar
1982
1 378
54
25.5
81 16.05.82
10,0
1983
907
38
23.9
76 04.06.83
10,4
1984
981
46
21.3
94 29.01.84
7,0
1985
876
36
24.3
71 11.08.85
11,2
1986
756
32
23.6
79 21.12.86
9,5
1987
569
20
28.5
82 11.01.87
5,0
1988
276
18
15.3
61 14.05.88
6,0
1989
887
62
14.3
46 16.09.89
10,0
1990
932
36
25.9
83 15.05.90
13,5















El documento lo recibe, honrado, de manos de José Guillermo, el editor de CUBANOS DE PESCA, para que procese la información e incorpore los resultados, como modesta contribución a los estudios que reclama para fomento de la especie y el restablecimiento de su biodiversidad la ictiofauna cubana. Denominada en nuestra lengua lobina negra boquigrande y, por su clasificación científica, Micropterus salmoides, la llamada trucha va a requerir sin dudas algunos esfuerzos durante años venideros si es que decidimos mantener sus poblaciones en los embalses cubanos, donde su abundancia y excelente talla permitió a algunos expertos, entre ellos el norteamericano Dan Snow, concebir la esperanza de que en Cuba estaría el próximo récord mundial de este pez, el que tendría que superar las 22 libras y cuarto vigentes desde 1932.
Junto a una motivación por actualizar sus conocimientos acerca de los adelantos técnicos de la pesca recreativa, El Guille comparte la pasión innovadora que muestran como característica representativa los aficionados cubanos de las últimas décadas, esos que han deshilado  estropajos de cocina para emplear el filamento como línea de pesca, ensamblado varas de pesca con materiales inusuales, inventado sus propios señuelos.
La creación más fascinante de este señor es una lagartija en madera. De niño pescaba en el Charcazo con lagartijas vivas; las atrapaba en los postecitos de las cercas de las guardarrayas y las iba alojando en una jaulita que había construido. Fue a finales de los años 70 que se le ocurre realizar un modelo artificial y se las arregló para crear una imitación en madera que es toda una obra de ingenio. A pesar de una primera impresión de imagen basta, como artilugio medieval, una vez en el agua la dinámica de su efecto es sorprendente. Se trata de un eficaz señuelo articulado tallado en cedro, con el perfil de lagartija claramente establecido, dos ojos de cuentas de cristal opaco, una cola de cuero que es flexible cuando se moja. Es un señuelo que trabaja en la superficie y llegó a coger dos truchas de una vez, una en cada grampín, en una decena de ocasiones.
Los primeros grampines empleados en las lagartijas de Guille no eran de producción fabril; para crearlos, llevó a los talleres del ingenio azucarero sus propios anzuelos a que se los soldaran. Armó en total cuatro lagartijas artificiales. Probó la primera en la laguna La Garita ― “trucha al seguro” ― y se la llevaron. El nailon no aguantó y perdió lagartija y truchas. De las dos que sobrevivieron a los peces, una fue donada a un redactor agradecido.
Al principio pescaba la trucha a mano, con un yoyo que le hicieron a pedido, por sus indicaciones. Es amplio de abertura y el canal para enrollar el nailon apenas tiene profundidad; estas características permiten un cómodo agarre del avío, vueltas más amplias de la línea que disminuyen la memoria del nailon, y una salida veloz debido a que es ínfima la fricción sobre el borde de salida del carrete. Pocas vueltas de nailon, las suficientes para lanzar en un río o en un embalse, apenas treinta metros son necesarios.
En 1968 se le ocurrió usar para pescar en embalses una balsa playera rusa de las que se vendían a montones en las tiendas del país, al precio de 25 pesos: “Tuve como una docena de ellas”. En aquella época la gente pescaba de orilla, si acaso vadeando con el agua a la cintura. Su amigo Ernesto Abreu, y  también un director local de Deportes, lo siguieron en esta experiencia al cabo de los años. En el registro de capturas se identifica el procedimiento empleado en cada pesquería: 1- Con balsa y carrete, 2- Con balsa y vara de spinning, 3- Caminando y carrete, 4- Caminando y vara, 5- En bote y vara.
José Guillermo González Villa, Guille, cumple sus ochenta años de edad este mes de agosto. Comenzó a pescar en las competencias municipales de la trucha  en 1973 y se mantiene activo como deportista en estas lides hasta 1990. A este nivel sus mejores resultados fueron los títulos de pescador más destacado por cuatro años y los mayores ejemplares en 1983 (10,4 libras), 1985 (11,2), 1986 (9,5) y su récord personal, de 13 libras y 8 onzas, en 1990. A nivel de la provincia Ciego de Ávila fue también pescador más destacado del año en 1983 y 1984, mientras el reconocimiento a las mencionadas piezas mayores en su municipio fue homologado sucesivamente en la provincia en los mismos años. Su currículo en competencias nacionales alcanza a nueve certámenes, para acceder a cada uno de los cuales, de acuerdo con reglas aún vigentes, el competidor debía subir al podio, sucesivamente, en los topes municipales y luego en los provinciales. En 1978 compitió en Leonero (Bayamo, Granma), al año siguiente en El Punto (Pinar del Río) y Guirabo (Las Tunas); en 1983 sale en dos ocasiones de su provincia, para pescar en sendos certámenes con buenos resultados: mayor ejemplar y segundo lugar por equipos en Palma Soriano (Santiago de Cuba) y record nacional y mayor ejemplar (10,4 libras) en una cita celebrada en la presa Aurora (Camagüey). En 1984 son tres los compromisos, uno en Las Tunas, donde le premian un primer lugar individual y el segundo por equipos, y dos a los embalses Minerva y Alacranes, en la provincia de Villa Clara. Dos años después volverá a Leonero, la mítica laguna oriental que hasta hoy es sede del más importante certamen de la trucha en Cuba.
La mejor pieza de su vida picó a la 1:00 de la tarde del 15 de marzo de 1990, pescando con avío de mano y lombriz artificial en la presa Muñoz (Florida, Camagüey). Estaban celebrando la competencia provincial de ese año.  Se hallaba metido en un hueco dentro de un marabuzal inundado dentro de la presa. Al pasar frente a ese sitio, navegando por el limpio, vio dentro una revoltura y decidió a meterse, en un área más o menos circular que tendría unos veinte metros de diámetro. La cuestión era arriesgada, porque si las espinas del marabú ponchaban su balsa se vería en gran peligro en aquel sitio en medio de la presa donde se encontraba.
Ocurrió un cambio súbito de temperatura y se puso el tiempo de tormenta; de hecho estaba ya lloviznando cuando se arriesgó a entrar en aquella trampa. Apenas un lanzamiento hizo falta y de bajo la superficie brotó una acometida feroz, revolviendo el agua confinada. La lucha sería breve, sacando el pez y luego las menores que le siguieron. No sabía cómo salir de allí, cómo librar de aquel peligro evidente, entre los rayos de tormenta y la opción de zozobrar entre espinas. Una lancha a motor, que sus compañeros de competencia advirtieron cuando no le hallaron entre los regresados a tierra por la tormenta, fue su salvación. Trece libras y media pesó el pez; en el camión de regreso iba calado, encogido bajo la lluvia, pero con una inefable sensación de renacimiento.
― Te estoy hablando de media hora a cuarenta minutos de pesca―, rememora. El día que capturó esa pieza de 13,5 libras, también cogió una de 10 libras, una de 8, una de 6 y una de 5. Esa pieza de 13,5 libras llega a record provincial y se llena la documentación para el escalón superior, pero no había ya convocatoria para la proclamación de los records nacionales y perdió esa oportunidad. Dos veces estuvo a las puertas de clasificar para el torneo internacional celebrado en enero de 1978 entre cubanos y norteamericanos en la Laguna del Tesoro. 
Durante la competencia provincial de 1977 en la presa Porvenir, regresa a la orilla con buena captura, suficiente para el podio, pero los jueces plantean que había entrado al agua un minuto antes de la señal de salida y deben descalificarlo. Como le sobraba tiempo, deja la ensarta, vuelve a entrar al agua y retorna todavía en tiempo, otra vez con más captura que los demás. “Sí, pero ya estabas descalificado”, es el dictamen indiscutible. Es tal vez la mayor incomodidad que se ha llevado el longevo y competitivo aficionado; las otras son la del contrincante que gana un torneo con una trucha enorme que pescó, a la vista de todos, con un mamporro vivo, y el resultado de un concurso de pesca que gana en 1979, del que le llega el diploma, pero nunca el bote plástico desarmable que también era parte del premio, del que dice se apropiaron unos funcionarios deportivos.
José Guillermo, que alguna vez se hubo de ver haciendo exitosa carrera como bancario en La Habana, de traje elegante y fresca oficina, retorna a Violeta convocado por una suplencia temporal en la agencia bancaria del poblado azucarero; lo que fue para dos meses se convierte en dos años. Llega la zafra del 1970 y a los cortes se van con la consigna los que debían contar miles de pesos cada día y resguardarlos, dejando tres empleados a cargo de todo. Nunca le llamaron a su puesto en la capital y prefirió ser instructor de ajedrez en su pueblo pequeño, de calles rectas y sombreadas. Y pescar.
En las mañanas, sin esperar el sol, abre la llave y el agua corre sobre las plantas. Recorre los estrechos senderos, oyendo a Mery recorrer la casa que les conoce la vida a ambos. Varias veces al día llega una visita, varias veces florecen orquídeas.





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